El motor del feminismo son las jóvenes como Sara

ANA MARÍA ORTIZ  Madrid

Sara Naila, estudiante de 20 años y una de las mujeres más activas de la Comisión 8-M, en Madrid. SERGIO ENRIQUEZ-NISTAL

Extiende el brazo izquierdo y muestra la pulsera, una cinta negra en la que se lee: “Por una educación feminista”. Se la anudó en 2014, cuando tenía 16 años y estaba volcada en protestar contra la reforma de la Ley del Aborto de Gallardón. Su hermana pequeña, de 13 años, también lleva una pulsera feminista. “Ya con esa edad tiene conciencia y es algo que pasa bastante. Le hablo de la lucha de clases y me manda por ahí, pero si le digo ‘mira, Blanca, porque lleves un top nadie te tiene que llamar guarra’ lo entiende perfectamente”.

Sara Naila tiene 20 años, ha finalizado 3º del doble grado de Derecho y Filosofía, trabaja en un colegio mayor -se ocupa de la admisión de alumnos-, milita en lasJuventudes Comunistas y pese a su corta edad es una de las mujeres más activas del feminismo español. Ha estado agitando las exitosas movilizaciones del último Día de la Mujer desde la Comisión 8-M y también el levantamiento contra La Manada desde el Movimiento Feminista de Madrid.

¿Que cuándo tomó Sara conciencia de que era feminista? Se retrotrae a la infancia y recuerda cuando la llamaban marimacho porque jugaba (juega) al fútbol y ahí aún no. “Entonces no te das cuenta, te parece normal, pero con 14 años… No es que llegues a tanto como para decir ‘mira qué injustos los roles de género’, pero ves que hay cosas que no están bien: salir a la calle y que te digan piropos, que te toquen el culo…”.

De las movilizaciones sociales que surgieron con la crisis y que confluyeron en el15-M, el feminismo es indiscutiblemente la que más ha calado. Coinciden mayoritariamente los expertos en señalar que su éxito, que ha alcanzado este 2018 una magnitud inédita, está en su transversalidad, en que no tiene un sello ideológico concreto ni pertenece a ninguna generación. Pero apuntan también a que su empuje principal, el motor que arrastra a las demás, son las jóvenes como Sara.

En el barómetro de abril de 2018 el CIS preguntaba: “¿Cómo se definiría usted en política?”. Un 4,2% de los encuestados -el 7,1% de las mujeres y el 1,1% de los hombres- respondía que “feminista”, el mismo porcentaje que quienes contestaban “ecologista” y por encima de “nacionalista” (3,6%) y “comunista” (2%). Un signo de cómo el movimiento se ha abierto paso en la última década es que la opción “feminista” no figurara entre las posibilidades que daba el CIS hasta abril de 2010. En aquel estreno sólo el 1,8% -el 3,5% de las mujeres y el 0,1% de los hombres- se reconocía como tal.

El número prácticamente se ha triplicado en ocho años hasta alcanzar el 4,2% antes mencionado. Y si miramos el porcentaje de quienes se consideran ante todo feministas por tramos de edad, encontramos el refrendo estadístico a ese ímpetu juvenil que refieren los especialistas. Un 10,2% de los jóvenes entre 18 y 24 años -hombres y mujeres- se define políticamente como feminista, sólo detrás de quienes se consideran liberales (14%) y delante de socialistas (8,6%), progresistas (7,5%), ecologistas (7%), conservadores (6,5%)… El porcentaje sería aún mayor si sólo se contara a las chicas.

“No es casualidad que haya habido tantas mujeres jóvenes en las manifestaciones y tengo que decir que con mucho criterio político y mucha formación en materia de género”, dice la diputada socialista Ángeles Alvarez, portavoz de la Comisión de Igualdad en el Congreso y activista feminista desde hace cuatro décadas. “No creo en las implosiones por generación espontánea”, opina cuando se le pregunta por la espita que ha podido prender el movimiento. Habla más bien de un poso que ha ido calando en las últimas décadas, impulsado por las leyes de igualdad positiva y por la creación de organismos, como el Instituto de la Mujer, que han trasladado el discurso de igualdad a todos los niveles. Pone el ejemplo de las asociaciones de mujeres. “No hay pueblo en España que no tenga una. Las primeras posiblemente estaban más vinculadas a relaciones culturales, pero todo este tiempo las ha obligado a tomar conciencia de la importancia de que ellas, como organizaciones, participen en lo que llamamos la agenda política del feminismo; así hemos llegado al 8-M, que es una implosión que tiene que ver con la conciencia colectiva”, explica.

Asunción Bernárdez, directora del Instituto de Investigaciones Feministas de la Complutense, apunta a las consecuencias de la crisis como el desencadenante de que los jóvenes se hayan aproximado tanto al feminismo. “Se han dado cuenta de que aun haciendo todo lo que la sociedad les pide, estudiando, esforzándose, portándose bien, no tienen expectativas ni atisban un futuro feliz, lo que les ha llevado a criticar el sistema impuesto. Y se identifican con el feminismo porque no sólo es crítico con el sistema, sino que, al contrario que las grandes teorías políticas, habla de cómo resolver problemas cotidianos: cómo cuidamos a los hijos, cómo empleamos nuestro tiempo, qué pasa con las grandes diferencias sociales, por qué se usa el cuerpo de las mujeres como objeto…”.

Sara asiente en cuanto a que una de las claves del éxito del movimiento ha sido saber apelar a los problemas concretos de las mujeres, como que su hermana Blanca sea juzgada por llevar un top. Y señala 2014, el año en el que se colocó la pulsera y el de las movilizaciones contra la fallida reforma de la Ley del Aborto de Gallardón, como el momento en que ese caldo de cultivo comenzó a visibilizarse en las calles. Era la primera victoria de la lucha feminista más reciente y el pistoletazo de salida para la siguiente cita: el 7-N de 2015, el día de la también exitosa Marcha Estatal contra las Violencias Machistas. “Fue más importante el proceso que la manifestación del 7-N. Durante cuatro o cinco meses teníamos tres o cuatro asambleas semanales y creamos un espacio juvenil en la Universidad, el Bloque Feminista Estudiantil, con gente de la Carlos III, de la URJC, de la Autónoma y de Alcalá de Henares“, cuenta, redordando cómo se fue armando silenciosamente el feminismo entre los estudiantes.

Para entonces ya no era sólo la adolescente a la que le chirriaban los piropos. “Yo soy cinturón negro de kárate, por ejemplo, porque mi padre me apuntó a kárate para que pudiera defenderme. Y un día me compró un silbato: ‘Toma, Sara, por si alguien te agrede’. ‘Papá, no nos tienen que educar en cómo defendernos de una violación, la educación que nos tienen que dar es que a las mujeres no nos pueden violar'”.

Al 8 de marzo de 2017 se llegó con la convocatoria de media hora de paro simbólicoque tuvo mucho seguimiento estudiantil pero poco fuera de los centros educativos. “Sin embargo la manifestación fue impresionante, bloqueó Madrid, ni nosotras lo esperábamos… ‘Hay que hacer algo más’, dijimos. Y el 8 de abril nos reunimos [la Comisión 8-M] y decidimos ir a la huelga al año siguiente, la preparamos durante todo un año”. Ese año la editorial Merriam-Webster, especializada en diccionarios, eligió feminismo palabra del año porque las búsquedas del término crecieron un 70% respecto a 2016.

En el año que transcurrió hasta el 8-M de 2018, Sara se dedicó a labores de extensión y concienciación, dando charlas en los institutos, potenciando las redes sociales, acudiendo a los barrios para llegar a las señoras que no tenían Twitter, informando a las trabajadoras del Metro de Madrid… Intuyó que el 8 de marzo de 2018 sería histórico cuando el día antes vio que en el acto convocado en el hall de su facultad estaban las estudiantes, pero también las profesoras, las mujeres de administración y las de la limpieza. “Fue una doble victoria porque pusimos nuestras demandas sobre la mesa política -tuvieron que hablar de las mujeres en el Congreso, en el Senado– y también sobre la mesa social. Mi madre diciéndole a mi padre que no iba a cocinar ese día…”.

Cabría pensar que el 8-M se ha materializado, entre otros logros, en el cartel del Gobierno de Pedro Sánchez, con una significativa presencia de mujeres -11 ministras por seis ministros-, y que las feministas como Sara lo aplauden. Ella no lo hace. “Es lo que llamamos el ‘síndrome de la cara bonita’, poner mujeres porque vende, por interés electoral, pero no ha puesto en marcha ninguna medida feminista”, opina. “Una de nuestras preocupaciones era rebajar el discurso para que llegara al máximo número de gente posible, pero, ¿qué pasa?, que todo el mundo se adhiere. Ellos se han adherido pero han malentendido el feminismo. Feminismo no es poner un cupo de mujeres, sino medidas; educación sexual en las aulas, por ejemplo”.

La educación, dice Sara, es el mejor antídoto para evitar casos como el de La Manada, cuyas protestas han liderado las feministas. “En el último examen de Derecho Penal 2 nos pusieron el caso de un chico que intenta besar a una chica en una discoteca y ella se resiste pero al final la besa. Contesté mal a propósito. Dije: ‘Sé que es abuso pero para mí es agresión sexual porque implica violencia e intimidación'”.

La filósofa y pensadora feminista Amelia Valcárcel clasifica los movimientos feministas a lo largo de la historia en tres grandes olas. La primera abarcó desde laRevolución Francesa hasta mediados del siglo XIX y logró el acceso de la mujer a la educación. La segunda se centró en el derecho a sufragio y transcurrió desde mediados del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial. La tercera ola, que comenzó en los años 60 del siglo pasado, se ha centrado en la popularización del término feminista, la lucha por la abolición del patriarcado y la reivindicación de la igualdad real.

Muchas expertas creen que la efervescencia del movimiento feminista actual supone el nacimiento de una cuarta ola. Esto opina Valcárcel: “Hablar de un cambio de fase histórica es mucho pedir, pero creo que sí se puede afirmar que hay un cambio de paradigma. El feminismo es más fuerte, conforma la opinión de la gente y la política tiene que contar con él. Hay en curso una evidente rebelión de la mujer contra el mundo heredado de minusvaloración y acoso, eso es una verdad empírica. Y cuanto más jóvenes, esa rebelión es más fuerte y más profunda porque no hay cosa que haga más desear la libertad que tenerla cerca”.

32,3%

MARTA LEY

La proporción de directoras y gerentes en las empresas ha crecido cinco puntos porcentuales desde 2011, primer año en que se registró esta categoría profesional en la Encuesta de Población Activa del Instituto Nacional de Estadística (INE). Aunque el dato es optimista, teniendo en cuenta los márgenes de error podría afirmarse que prácticamente no ha variado. Sin embargo, en esta última década la tendencia es una mayor presencia femenina en cargos de responsabilidad: hoy, son casi una de cada tres.

Mayores agravios aporta la Encuesta de Estructura Salarial, también del INE. En el más alto nivel del escalafón salarial las directivas cobran 10.424 euros menos al año que los directivos. Eso sí, hace justo 10 años, en 2008, la diferencia era de 14.310 euros. Y aquí no hay cuestión de jornadas reducidas: el 92% de las directivas trabaja a tiempo completo. De forma general, teniendo en cuenta todos los rangos ocupacionales, la diferencia entre la media de los sueldos masculinos y femeninos incluso se ha incrementado en la última década: de 5.016 a 5.793 euros. Tres meses y medio de sueldo menos para ellas, teniendo en cuenta la media.

El sector con menos desigualdad salarial es el de la restauración y el comercio. Destaca asimismo la categoría de técnicos de salud y la enseñanza, donde la brecha salarial ha crecido un 185% en cerca de 10 años.

Cuando se trata de salarios es más interesante analizar, no obstante, el valor mediano en lugar del medio, para evitar el peso que ejercen sobre este último los sueldos muy elevados. Aunque el INE no publica este dato con el desglose de los niveles de ocupación, sí que lo aporta para el total de los salarios. Atendiendo a la mediana, las diferencias salariales entre hombres y mujeres se recortan en 1.000 euros: en lugar de 5.793 euros menos al año, la brecha más cercana a la realidad asciende a 4.794 euros. En meses, dado que la retribución mediana es más baja que la media, la proporción no varía: ellas cobran lo equiparable a tres meses y medio menos que ellos.

Fuente:  El Mundo

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